¿Tienes malos pensamientos?

¿Se te ha escapado una sonrisa maligna al imaginarte a doña perfecta tropezando?
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¿Tienes malos pensamientos?
¿Tienes malos pensamientos?

No somos responsables de lo que pensamos

¿Has fantaseado con lanzar a tu jefe una granada? Estos pensamientos negativos son más habituales de lo que crees. ¿Pero realmente sabes cómo abordarlos?

Al poco de divorciarse, durante una noche de insomnio, Elsa se puso a curiosear en Facebook. “Fue una mezcla de nostalgia y aburrimiento. El caso es que busqué a un exnovio de hace 20 años, un hombre de esos por los que lo hubiera dado todo”, cuenta. El mismo que la engañó con una de sus mejores amigas, una modelo de cuerpo 10. Elsa los pilló in fraganti. ¿Un desliz sexual? ¡Ja, nada de eso! 10 años más tarde estaban casados, tenían dos hijos y ¿fueron felices y comieron perdices?

Lo que descubrió nuestra protagonista cuando se cansó de contar ovejitas es que la modelo por la que fue abandonada se estaba muriendo. Su ex había publicado un post en el que contaba que su mujer sufría un cáncer en fase terminal. Y ahí estaba ella, que antes había sido perfecta e irritantemente guapa, ahora sin pelo y muy desmejorada. “En un primer momento me alegré de algún modo de su desdicha”, confiesa Elsa.

“Para mí era como un castigo kármico por cómo me habían tratado los dos”. Siguió revisando diariamente el perfil de su ex para comprobar si había novedades, pero su dicha empezó a convertirse en culpa: estaban pasando por algo mucho peor que una traición. Sin embargo, por más que Elsa trataba de no pensar en ellos, no podía sacárselos de la cabeza. Y es que, nos cuesta reconocerlo, pero disfrutamos con las desgracias ajenas, lo cual es bastante paradójico: nos emocionamos con fotos de un recién nacido y luego fantaseamos con lo fácil que sería aplastarle la cabecita. Consolamos a una prima a la que le ha dejado su pareja, pero después nos regocijamos en privado con su humillación. Desearíamos romperle la cara a una de nuestras amigas más estupendas con la misma raqueta de tenis con la que siempre posa junto a su novio guaperas y cachas en Instagram. ¿Estamos como para que nos recluyan en el psiquiátrico del filme Alguien voló sobre el nido del cuco?

El 85-90% de las personas podemos experimentar impulsos agresivos en nuestro día a día. Pero son ideas automáticas e intrusivas, que vienen a la mente en contra de nuestra voluntad. No son peligrosas, no enloqueceremos ni nos harán perder el control”, asegura Gemma Figueras, psicóloga clínica y sexóloga del Institut Barcelona de Psicología. “Es humano tener estos sentimientos y no nos convierten en malas personas. Debemos discriminar este pensamiento agresivo (que podemos tener todos) del que tiene el psicópata que disfruta con el sufrimiento de los demás”.

Como demuestra la historia de Elsa, es más frecuente que broten instintos maléficos en esta era de redes sociales, puesto que estamos directamente expuestos a los fracasos y logros de todo aquel que hayamos conocido en la vida: exnovios, antiguos compañeros de colegio, aquella chica de clase que tanto se parecía a Elsa Pataky, etc. Por supuesto, ya teníamos pensamientos negativos antes de la revolución instagramera. En un experimento llevado a cabo en 1980, el psicólogo de la Universidad de Minnesota (EE.UU.) Eric Klinger pidió a un grupo de voluntarios que grabasen durante una semana lo que se les pasaba por la cabeza cada vez que un dispositivo portátil emitía una señal. En el transcurso de 16 horas, los individuos tenían unos 500 pensamientos involuntarios e intrusivos. Aunque la mayoría estaban relacionados con preocupaciones normales de la vida cotidiana, un 18% de esos pensamientos eran inaceptables, incómodos o, simplemente, malos: pensamientos políticamente incorrectos o retorcidos. Otro 13 % eran feos, estaban fuera de lugar o resultaban, incluso, inquietantes: ideas asesinas y perversas. ¿De dónde sale toda esta teoría?

El psiquiatra suizo Carl Jung fue uno de los primeros en abordar la idea de los malos pensamientos. Observó que todos tenemos una especie de sombra, la parte inconsciente de nuestra psique, de nuestros deseos más oscuros. Podemos reprimirlos, pero solo durante cierto tiempo. Son fantasías de violación, incesto, asesinato, suicidio; lo peor, en definitiva. Según Lluís Mauri, psiquiatra de la Fundació Sant Pere Claver: “Somos responsables de lo que hacemos, pero no lo de los pensamientos automáticos que provienen del inconsciente”. Eso quiere decir que no hay que sentirse culpable por lo que se nos pasa por la cabeza.

Echemos un vistazo al material tóxico que tenemos y veamos qué podemos hacer al respecto:

No somos responsables de lo que pensamos

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TU FRACASO ME HACE FELIZ

MAL AJENO: Imagínate a dos chicas despampanantes. Las pillan robando en una tienda, las mandan al cuartelillo durante unas horas y luego pasan a disposición judicial. Una es tu vecina y la otra es Lindsay Lohan. ¿Qué castigo te genera más satisfacción? El de Lohan, pero de largo, ¿verdad? Eso cuadra con el resultado de un estudio en el que a dos alumnos que hacían trampas se les expulsaba de clase. Los voluntarios que participaban en el experimento se alegraban más cuando el castigado era un estudiante brillante que cuando era uno del montón.

Disfrutar con las desgracias de los demás no es un acto de crueldad, sino una cuestión de estatus. Es decir, cuando los triunfadores sufren algún revés, esto provoca que el resto nos sintamos mejor, más inteligentes o moralmente superiores. Esta reacción proviene de la envidia, un sentimiento que hace que no soportemos que a los demás les vaya bien. Cuanto mayores son los celos, mayor es la alegría por la desdicha del otro. El antídoto contra el resquemor, comenta Mauri, “es la gratitud”.

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PENSAMIENTOS MORBOSOS

Eres de las que podrían estrellar el coche en la cuneta por estar mirando un accidente en la carretera. O de las que se acercan al corrillo de gente cuando un transeúnte se desmaya en medio de la calle, solo porque te puede el morbo de saber qué ha pasado. Admítelo. Te fascina lo macabro y sientes una curiosidad congénita por las sensaciones fuertes. Bienvenida al mundo de los pensamientos retorcidos.

“Somos curiosos. Cuando sucede algo fuera de lo normal nuestro sistema nervioso se activa de forma automática para protegernos y poder huir o luchar en caso de peligro. Esa activación es la que nos lleva a dirigir la atención hacia ese sujeto”, asegura la psicóloga Figueras. Sorprendentemente, contemplar escenas dolorosas e, incluso, vinculadas con la muerte, nos produce una extraña sensación de vitalidad. Así lo explica Mauro García Toro, psiquiatra y autor del libro El juego de la vida mediterránea (Ed. Desclée de Brouwer): “A muchas personas nos fascinan situaciones que resuenan con nuestra animalidad, nos encantan las experiencias relacionadas con la muerte o que nos acercan al peligro porque nos hacen sentir vivos”. Pensar en el sufrimiento humano puede provocarnos dolor emocional, pero también nos permite purgarnos de impulsos peligrosos y emociones destructivas sin hacer daño (ni a nosotros ni a los demás). Nos produce un gran impacto.

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FANTASÍAS SEXUALES: Muchas mujeres tienen fantasías de las que se avergüenzan por ser un tema tabú: suelen relacionarse con algún tipo de encuentro sexual en el que son forzadas. Fantasear con ser violada tiene su propia y única lógica. En realidad, nadie quiere que le agredan en un callejón, pero, según un estudio llevado a cabo en EE.UU., el 57% de las mujeres admiten, con rubor, que la idea, en más de una ocasión, les ha excitado. Una explicación: todas queremos ser deseadas de forma casi salvaje. O quizás sea que la idea nos permite dar rienda suelta a deseos reprimidos. Hay múltiples razones que explican este tipo de espejismos, sostiene Figueras.

“Puede ser una cuestión de roles de género, ya que la virilidad se asocia a la agresividad, o puede deberse a una necesidad de sentirse deseada hasta el punto de que el otro pierda el control”. No obstante, apunta la experta, “que algo pueda resultar excitante en nuestra mente, no significa que también lo sea llevarlo a la práctica. Una pareja puede excitarse jugando a roles de dominación y sumisión, pero siempre de forma consentida y con unos límites claramente pactados”. Si hay algo claro es que en una violación imaginada, la mujer controla todos los estímulos sexuales desde la seguridad de su cerebro y, como sucede con la mayoría de deseos prohibidos, imaginar una agresión de ninguna forma significa un deseo real.

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PENSAMIENTOS VIOLENTOS Y HOMICIDAS: Incluso las personas más comedidas se proyectan a veces empujando a un extraño escaleras abajo, atropellando a peatones o mordiendo el pene de su pareja durante el sexo. O estás un día esforzándote para que no se te rompan los huevos fritos y, de pronto, tu pareja te pregunta algo que te saca quicio. “¿Y si le doy con la sartén en la cabeza?”, se te ocurre. “Si pensar en el asesinato fuera un crimen, casi todos nosotros, el 91% de los hombres y el 84% de las mujeres, estaríamos entre rejas”, comenta el psicólogo evolutivo David Buss, autor de The Murderer Next Door: Why the Mind Is Designed to Kill (El asesino de al lado: Por qué la mente está diseñada para matar. Ed. Penguin Books).

No cree que los seres humanos tengamos un único impulso homicida sino que consideramos el asesinato como una estrategia que resuelve múltiples problemas de adaptación, especialmente en los relacionados con el sexo, la presión, el estatus y las amenazas a tu seguridad. Algunos se atormentan por haber imaginado que pierden el control y circulan de pronto en dirección contraria. Esas inquietantes ideas, que a menudo han sido provocadas por el estrés, pueden angustiarnos tanto que decidamos vigilarnos a nosotros mismos. Pero, según Buss, la mayoría de las veces esas fantasías hacen justo lo contrario: inhiben los impulsos salvajes permitiendo al individuo evaluar una situación antes de hacer algo de lo que podría arrepentirse.

“Son expresiones de sentimientos agresivos que suelen ser inconscientes. Pero pensar no es sinónimo de hacer. Aquí es cuando se pone en marcha el sistema de frenos de la agresividad, localizado en el lóbulo prefrontal, la zona del cerebro que nos hace humanos”, anota el psiquiatra Mauri al respecto. Pero ¿qué debemos hacer con estas fantasías sexuales agresivas, ideas violentas o pensamientos llenos de odio? Ante todo, no te obsesiones.

ETIQUÉTALOS: Entonces, si no se deben reprimir, ¿qué hacemos con ellos? Para los pensamientos medianamente intrusivos, Mauri recomienda no sentirnos culpables. “Es importante observarlos, ser conscientes de que los tenemos, pero tratar de no identificarnos con ellos y distanciarnos”, apunta. No juzgues, no luches contra la idea, deja que desaparezca por sí sola. Si persiste de forma obsesiva, habla con un especialista.

A LA PAPELERA: Otra estrategia para deshacerse de una idea agresiva es escribirla y después tirar el papel a la basura. Los individuos que así lo hicieron en un estudio llevado a cabo en Estados Unidos se vieron a posteriori menos influenciados por ese pensamiento que los que no lo hicieron. “La culpabilidad no tiene sentido, porque el odio y el miedo son mecanismos de supervivencia humanos”, señala García.

EXPRÉSALOS EN VOZ ALTA: No dejes que la idea nociva pase de largo. En vez de eso, reprodúcela dentro de tu cabeza o en voz alta. “Escribe tus fantasías prohibidas y por qué crees que las tienes”, recomienda James Pennebaker, coautor de Manual de escritura curativa: escribir para sanar (Ed. Almuzara). ¿Por qué estas reflexiones nos preocupan tanto? Todos tenemos ideas aterradoras, la clave está en lo que hacemos con ellas y el significado que les damos.

REFLEXIONA: Podemos convencernos de que nuestros pensamientos más perniciosos no tienen significado real y dejar que se vayan. O podemos encontrar la manera de utilizarlos para comprendernos mejor a nosotros mismos. Una idea, no importa lo vergonzante, mórbida o mezquina que sea, puede convertirse en objeto de reflexión, sirve para estudiar cómo funciona el inconsciente, la empatía y la creatividad”.

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