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El síndrome de la mujer quemada

También en esto hay bastante desigualdad
Women's Health -
El síndrome de la mujer quemada
El síndrome de la mujer quemada

Menos tiempo libre

Carmen (nombre supuesto) trabaja de administrativa en una universidad española. A pesar de que saca adelante la faena de dos personas y está más que desbordada, le encanta trabajar allí y el trato con sus compañeros. Y, como no quiere fallar a nadie, en contra de las normas del departamento, se lleva trabajo a casa, eso sí, a escondidas. ¿Cuándo lo hace? Los fines de semana. A la cuatro de la mañana, claro. Porque también le gusta disfrutar de su familia, ¡y para dos días que pueden estar juntos! La historia de Carmen acaba con ella agotada, su marido enfadado, trabajo acumulado y, al final, nuestra protagonista se desmorona. En una valoración de riesgos psicosociales se descubrió que había entrado en un proceso de depresión. ¿El caso de Carmen te parece exagerado? ¿Crees que a ti nunca te pasaría algo así? Pues sigue leyendo.

Partamos de la base de que nos cuesta estar contemplando las musarañas. Así nos ha construido la naturaleza y así nos lo ha demostrado la ciencia. Quizás tu vecina del quinto y su hibernación permanente sea una excepción, pero a la gran mayoría nos es misión imposible. En 2014, expertos en psicología de las universidades de Harvard y Virginia (EE.UU.) se dedicaron a “torturar” a estudiantes voluntarios al pedirles que permanecieran en una habitación aséptica sin hacer nada de seis a 15 minutos. Si querían salir antes de ese tiempo solo podían hacerlo recibiendo una descarga eléctrica. Pues bien, el 67% de los hombres y el 25% de las mujeres prefirieron la descarga a estar a solas con sus pensamientos. Un experimento que venía a confirmar los datos de las encuestas estadounidenses que afirman que el 83% de la población no soporta momentos de reflexión.

Y ahora volvamos al ejemplo de Carmen, pero esta vez piensa en tus propios horarios. Repasa tu agenda y reflexiona sobre cuántas horas duermes, cuántas dedicas a actividades remuneradas, cuántas a lo que tienes que hacer (aunque no te paguen por ello) y cuántas a no hacer nada. Por si no te ha dado por apuntar toda tu jornada en un libreta (o no tienes tiempo para hacerlo), el Instituto Nacional de Estadística acude al rescate con su Encuesta del Empleo del Tiempo y la conclusión es clara: en España los hombres ocupados dedican mucho más tiempo al día a actividades de ocio que las mujeres ocupadas. O lo que es lo mismo: disponemos de casi una hora menos de tiempo libre que ellos. Por ejemplo, nos divertimos cuatro minutos menos; practicamos deporte 16 minutos menos; cultivamos aficiones o navegamos por internet 21 minutos menos; y leemos la prensa, escuchamos la radio y vemos la televisión 12 minutos menos. Sorprendente, ¿verdad?

En España, si eres chica, tu sensación de que nunca tienes tiempo se debe... ¡a que no lo tienes! Y esto es así porque nuestra sociedad nos hace ser así, no la biología ni ningún arcano mecanismo cerebral. “Nadie se perjudica por gusto. Los mandatos de género son muy exigentes con el sexo femenino e incluyen actividades de las que se beneficia toda la sociedad y que, además, requieren mucho tiempo: tenemos que cuidar de otras personas; debemos estar guapas en todo momento y es nuestra supuesta responsabilidad cuidar de las relaciones sociales y familiares, incluido el ocio, que va desde comprar el regalo de la tía Enriqueta a preparar actividades divertidas con los niños”, resume Ana Sánchez, psicóloga del centro Psicología en Femenino.

Menos tiempo libre

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El hecho de vivir en una sociedad mediterránea y no haber podido despedirnos de nuestro papel de cuidadoras oficiales de todo lo que habita la Tierra no nos favorece a la hora de combatir lo que los ingleses han bautizado como síndrome TATT (Tired All The Time, lo que viene a ser, estar cansada todo el tiempo), que nos hace arrastrarnos sin pena ni gloria –ni energía– por nuestras larguísimas jornadas (sean laborales o no). Aunque si formas parte de los casi ocho millones de españolas que trabajan, seguro que te has tatuado la frase: “Vivo sin vivir en mí”.

Como recuerda Pedro R. Gil-Monte, profesor de Psicología de la Universidad de Valencia: “La cultura laboral presiona mucho más a la mujer que al hombre porque, para empezar, tiene que adaptarse a unos valores masculinos de competitividad y es observada con lupa. Esa discriminación sigue ahí. ¿Y cuál ha sido el arma de las féminas? Pues implicarse mucho más, a base de esfuerzo y trabajo”.

Internet y tu iPhone son la guinda de este pastel que puede llevar a tu tiempo de ocio al desastre. Las nuevas tecnologías se están comiendo tu esfera privada bocado a bocado. ¿O es que acaso tú no tienes un grupo de WhatsApp con tus workmates o nunca has dado tu número de móvil a algún cliente? ¿Y qué hay de los millones de emails que has contestado desde casa? “El tiempo de trabajo, que antes estaba bien definido, se está diluyendo. Y nos pueden importunar a cualquier hora con un correo electrónico, una llamada o un mensaje. Antes se decía que no era bueno llevarse el trabajo a casa. Ahora, con los medios informáticos, no hace falta que nos lo guardemos en una carpeta bajo el brazo, este nos persigue. Ya no hay un puesto y un sitio físico en el que trabajar, el lugar puede ser cualquiera”, asegura Mariano García Izquierdo, profesor titular del área de Psicología Social de la Universidad de Murcia.

Madera de mártir

Un marco laboral ultraexigente en el que el triunfo profesional es lo más importante no es la situación ideal para viajar un ratito a la luna de Valencia. De hecho, tener éxito es tan importante hoy en día que puede anteponerse a todo lo demás. “Hemos entrado en un modelo de sociedad muy competitivo, muy individualista, donde más que nunca aquello de ‘el tiempo es oro’ es cierto. Si esto se combina con ciertas variables de personalidad, puede llevar a que determinados individuos queden totalmente destrozados”, asegura el doctor Gil-Monte. Hay que estar muy alerta para no caer en la trampa, porque esta es una espiral en la que entras sin darte cuenta. Y sus víctimas preferidas suelen ser las personas a las que más les gusta su oficio, porque eso hace que se impliquen hasta las últimas consecuencias. Al final, el trabajo empieza a competir con la familia y con el tiempo libre y, como además te lo pasas bien haciéndolo, pues se transforma en tu hobby. Pero, además de la vocación a prueba de bombas, existen otras características que nos pueden llevar a dinamitar nuestra vida social a robarnos el descanso. Curiosamente, en esta lista están algunas de las virtudes más alabadas de la feminidad (idealismo, empatía, perfeccionismo, implicación emocional…), rasgos que te predisponen a entregarte y quemarte en el trabajo.

“El síndrome Burn Out es una respuesta al estrés laboral crónico. Los tres síntomas que lo caracterizan son el desgaste psíquico o agotamiento emocional, la pérdida de ilusión en el trabajo y la indolencia. Pero existe un cuarto indicador, que es el que nuestro grupo de investigación ha aportado, y es el de la culpa”, explica el doctor Gil-Monte. Seguro que te mueres de ganas por saber quién entona más alto el mea culpa. Aquí tienes una pista: una investigación realizada por psicólogos de la Universidad del País Vasco y publicada en el Spanish Journal of Psychology realizó dos pruebas de sensibilidad interpersonal. Al comparar la intensidad de las experiencias habituales de culpa entre ambos sexos, los analistas percibieron que la media era significativamente más alta entre mujeres. “Estamos hiperresponsabilizadas, es decir, se nos responsabiliza del bienestar de las personas de nuestro entorno, de las decisiones que toman nuestros hijos, de la felicidad o amargura de nuestro marido, de no ascender en los trabajos, etc.”, expone la psicóloga Sánchez. Si sentimos culpabilidad, es porque creemos que estamos haciendo algo mal. “

Seguramente alguien importante nos regañaba cuando no cumplíamos las tareas asignadas o lo sigue haciendo en la actualidad. Si se nos transmitiera que está bien tener nuestro propio espacio, habríamos dejado de sentirnos así. Pero muchas veces se nos da un doble mensaje: tenemos que dedicarnos tiempo a nosotras mismas, pero sin quitárselo a los demás y a sus cuidados. Y eso no hay manera de hacerlo”, lamenta Sánchez.

Heroína sin capa ni superpoderes

Las consecuencias de vivir sin priorizar nuestras necesidades personales tienen muchas caras. Nuestro desastroso índice de natalidad es una de ellas. El alto consumo de ansiolíticos, el fármaco favorito de las españolas (según datos de la OCU, la mitad de las féminas ha recurrido a ellos al menos una vez) para conciliar el sueño y templar los nervios, otra. Ingerimos cada año cuatro veces más ansiolíticos que nuestras vecinas alemanas y nuestro consumo es también mayor que el de las americanas.

Sin duda, la presión en la que vivimos tiene mucho que ver con este “atraco” a la farmacia. “Para soportar este peso las mujeres recurren a lo que pueden, y a veces esto se traduce en fármacos, porque la situación resulta muy complicada. Pero hay que concienciarse de que no vale todo y de que la vida laboral tiene que ser otra cosa”, puntualiza García Izquierdo, de la Universidad de Murcia. Después de todo, parece que el refrán “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy” está ganando puntos para ser nombrado como el peor monstruo creado por nuestra cultura popular. Quizás haya llegado el momento de romper con la inercia de una sociedad que nos lanza constantemente el mensaje a la cara de que hay que estar activo y de que tanto produces, tanto vales. Pero tomarse un respiro es necesario, las energías humanas son limitadas y estar sin hacer nada puede ser la mejor forma de tus reponer fuerzas, que las vas a necesitar (y mucho). Y si ese tiempo que consigas dedicarte lo quieres emplear en dejar la mente en blanco o empollarte el catálogo de Ikea para buscar el mejor sofá para tumbarte a la bartola, bienvenido sea.

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