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Desenmascara los alimentos procesados

Blinda tu salud sin fecha de caducidad.
Women's Health -
Desenmascara los alimentos procesados
Desenmascara los alimentos procesados

¿Sabes qué comes?

Con 26 años, Megan Kimble decidió convertirse en el conejillo de Indias de su propio experimento: pasar un año sin ingerir comida procesada. Llegó a amasar su propio pan, moler su propio trigo, fabricar su propia leche vegetal, extraer sal de agua de mar… y sacrificar una oveja. Y aunque tras ese año invertido casi en exclusiva en ir del mercado a la cocina no había perdido ni un gramo, se sentía mucho mejor, con unos niveles de energía que nunca había experimentado. Tanto es así que años más tarde, y tras la publicación de Unprocessed (Ed. HarperCollins), el libro en el que relata su experiencia, aún mantiene bajo mínimos su consumo de alimentos procesados: apenas suponen el 10% de su dieta.

La opción de Megan es tan radical como imposible de mantener en el tiempo, pero de alguna forma pone el dedo en la llaga al recordarnos la cantidad de alimentos procesados que pueblan nuestra cocina. En esa categoría se encuentran congelados, latas de conserva, precocinados, los embolsados, los embutidos... ¿Pero qué duda cabe? Una bolsa de guisantes congelados no es lo mismo que una pizza cuatro quesos o un bote de fabada. Aunque están procesados, si se cruzaran en los pasillos del instituto ni se mirarían. Nutricionalmente, los guisantes pertenecerían al equipo de las animadoras y la pizza y la fabada al de los chicos del flequillo largo que huelen un pelín raro. Mundos opuestos. COMPLETA LA INFO: COMIDA SANA Y FAST FOOD, SÍ ES POSIBLE

Ser procesado no implica necesariamente ser menos saludable, pero en ocasiones este binomio sí se cumple si en ese procesamiento se produce una pérdida de nutrientes y se aumenta el contenido en sal, grasas poco saludables y azúcares. Si el alimento viene en un atractivo envoltorio del que lo único que entiendes es la fecha de caducidad…,amiga, tienes un problema: no sabes lo que comes. Y eso puede costarle caro a tu salud y a tu bolsillo.

¿Sabes qué comes?

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¿YO? QUÉ VA, ¡NO TOMO AZÚCAR!

La abuela de Antonio R. Estrada es diabética y asegura que no toma azúcar, solo el que le echa al café. Ella, como la mayoría de nosotros, se equivoca, y su nieto, fotógrafo para más señas, está decidido a abrirnos los ojos de la mejor forma que sabe: con imágenes. El fruto de su esfuerzo se puede ver en sinAzucar.org. Con ayuda de un equipo de nutricionistas, Antonio ha traducido a terrones el azúcar oculto en muchos de los alimentos. El resultado son unas fotografías que sorprenden.

“La gente no es consciente de que un yogur natural lleva azúcar o una tónica o unos cereales para el desayuno. La industria no solo lo emplea por su sabor, sino también como conservante y porque es muy barato. Al final, al añadirlo, consiguen que su producto se conserve más tiempo, salga más barato y encima sepa mejor, lo que lo hace más competitivo”, explica Antonio. Esta omnipresencia del azúcar ha conseguido que en las últimas dos décadas nuestro consumo se haya incrementado un 20%, a pesar de que seguimos comprando la misma cantidad: 4 kilos por habitante y año, lo que significa que este ingrediente ha desaparecido de nuestra vista, pero no de nuestra dieta.

Según el informe Planeta Azúcar, de la organización VSF Justicia Alimentaria Global, el 75% del que consumimos llega de forma indirecta, está escondido en los alimentos procesados. Este mismo informe asegura que es difícil para el consumidor saber dónde se encuentra. Para que te hagas una idea de lo necesario que es para tu salud que sepas cuál es tu consumo diario, toma como referencia las directrices de la Asociación Americana del Corazón. En 2009, esta asociación determinó que existe una relación directa entre el consumo de azúcar y las enfermedades cardiovasculares (primera causa de muerte de la mujer española). Se estableció como límite superior de consumo diario para la mujer 100 Calorías al día de azúcar, unas seis cucharaditas. ¿Quién se toma seis azucarillos con el café? Tú no, desde luego. Pero no te hace falta, porque tu yogur con fruta ya contiene cuatro azucarillos, el tomate frito de tus espaguetis, cinco; el refresco de cola, 13 y medio… ¿Vas haciendo la suma?

¿YO? QUÉ VA, ¡NO TOMO AZÚCAR!

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LA GRASIENTA Y SALADA VERDAD

Cuando llegamos al capítulo de las grasas no saludables la cosa se complica aún más. Adam Drewnowski es profesor de epidemiología en la Universidad de Washington (EE.UU.), en la que además dirige el Centro de Estudio de la Obesidad. Él fue el primero en apuntar que la mayoría de los alimentos azucarados que consumimos no son simplemente azúcar, sino que, además, están asociados a la grasa. Y esta es todavía más peligrosa que el dulce, porque si algo tiene demasiado azúcar, no nos gusta. Pero con la grasa eso no nos sucede, nuestro cerebro está enamorado de ella, le encanta y ante su presencia baja todas las defensas. Podrías atiborrarte con el aceite de la freidora y él seguiría tan contento sin mandar en ningún momento la sensación de saciedad a tu estómago. De hecho, lo haces, aunque no lo sepas.

Michael Moss, ganador de un Pulitzer, lo expone así en su libro Adictos a la comida basura (Ed. Deusto): “Muchas sopas, galletas, patatas fritas, pasteles, tartas y platos congelados aportan la mitad o más de sus Calorías en forma de grasa, pero, en cambio, los consumidores no los identifican como alimentos grasos, lo cual es bueno para las ventas”. La próxima vez que te tomes una chocolatina no pienses en que lleva azúcar (que también), sino en que el 70% de sus Calorías provienen de la grasa. COMPLETA LA INFO: GUÌA BÁSICA DE LA GRASA. 

El tercer pilar sobre el que se asienta este apocalipsis de los productos altamente procesados es la sal. Los españoles consumimos 10 gramos de sal al día, el doble de lo recomendado como máximo para un adulto por la Organización Mundial de la Salud (OMS). ¿Y adivinas de dónde procede el 80% de esta? Touché. Para la industria, la sal es el gran corrector: hace que los copos de maíz no tengan un sabor metálico, que el jamón cocido quede jugoso… o simplemente lo añaden para que las grandes máquinas que amasan el pan no se atasquen. El resultado de este flechazo salado es que, según un informe de la OCU del pasado año, la presencia de sal en los productos elaborados que se venden en España ha aumentado un 6% desde 2010, especialmente en bollos y galletas, en los que ha aumentado un 118%. Y ADEMÁS: SAL, ¿AMIGA O ENEMIGA?

COMIENDO MARKETING

¿Cómo es posible que nos estemos atiborrando sin darnos cuenta de estos ingredientes poco saludables? Una posible respuesta se esconde en la letra pequeña del envoltorio: según un estudio de Nielsen, el 59% de los consumidores tiene dificultades para comprender la información nutricional de las etiquetas. Además, a la hora de comprar, nos dejamos llevar por la publicidad. Y no es buena idea: el 61% de esos anuncios son de alimentos poco saludables, según afirma el Instituto de Salud Pública Carlos III. Quizá el menos peligroso de esos reclamos, pero el más torticero, sea la llamada health claim, a la que José Manuel López, profesor titular del departamento de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Murcia, ha intentado desenmascarar tanto en su libro Vamos a comprar mentiras (Ed. Calamo) como en su blog.

La health claim consiste en intentar venderte algo alegando que posee una propiedad saludable. Ese beneficio es debido a un ingrediente distinto al que nosotros creemos (o nos han hecho creer) y por el que, además, estamos pagando cuatro veces más. “Te dicen que este producto ayuda al sistema inmunitario y bien grande en el bote está escrito lactobacilus casei. Pero es que, en realidad, el lactobacilus casei no ayuda al sistema inmunitario. Lo que sí le ayuda es una vitamina que han añadido para que puedan decir legalmente que su producto refuerza las defensas. Ahora bien, en un plátano tienes tres veces más vitamina B6 que en un probiótico y cuesta cuatro veces menos”, explica López.

EL RIESGO DE NO SABER

El estudio PREDIMED es el ensayo clínico más importante que hasta la fecha se ha hecho sobre dieta mediterránea. Su objetivo, en un primer análisis, era determinar si esta alimentación, suplementada con aceite de oliva virgen extra y frutos secos, previene la aparición de enfermedades cardiovasculares en personas que tenían riesgo de sufrirlas. Y la conclusión fue un rotundo sí: disminuye un 30% el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares y un 49% la posibilidad de sufrir un ictus.

La despensa que cuida tu salud cardiovascular contiene grandes cantidades de fruta, verdura y cereales (a poder ser integrales), un estante más pequeño para el pescado y las aves de corral y otro diminuto para lácteos, carnes rojas y dulces, todo regado con aceite de oliva virgen extra y 50 gramos diarios de frutos secos. La doctora Mª Carmen Palomo Domingo, nutricionista del equipo de endocrinología de HM Montepríncipe y HM Torrelodones, nos recomienda también que elijamos una manzana en vez de un snack de máquina: “Las dolencias que provoca el exceso de alimentos muy procesados están relacionadas con problemas de tensión, colesterol, sobrepeso, diabetes, caída de pelo, cansancio...”.

En el último boletín de la OMS se pide a los gobiernos que controlen, regulen y desincentiven los alimentos ultraprocesados y las bebidas con exceso de azúcar. “La falta de tiempo es la responsable de este consumo desmesurado”, asegura la especialista. ¿Su recomendación? No eliminarlos del todo y usar el sentido común: “La proporción depende del tipo de procesado (no es lo mismo la verdura congelada que la bollería), pero en líneas generales si consumimos un máximo de un 25-30% diario de alimentos mínimamente procesados (como los yogures, quesos, panes integrales...) conseguiremos una alimentación sana y fácil de conciliar con nuestro ritmo de vida”. Resumiendo, si quieres ganar salud y energía escribe estas frases en tu lista de la compra: come comida de verdad, con moderación y, sobre todo, vegetales. Al fin y al cabo eres lo que comes.

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LA GRASIENTA Y SALADA VERDAD

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