¿Sigue vivo el sexismo?

Este es el reto de ser mujer y trabajar en el mundo del deporte
Diana Fraga -
¿Sigue vivo el sexismo?
¿Sigue vivo el sexismo?

“¿Sabes que lo mismo te violan?” Esa fue la respuesta que escuchó Rosa Bonet –la primera mujer árbitro de España– de boca del presidente del Colegio Castellano de Árbitros cuando dijo que quería registrarse. Claro que fue en los años 70 y ya sabemos que eran otros tiempos. En cambio, el episodio que vivió la asturiana Zaira Morales sucedió en septiembre de 2015. Ante una mano dudosa que ella no había pitado, uno de los asistentes al partido le espetó: “No sirves para árbitro, pero sí para una casa de citas”. Dato extra: Zaira tiene solo 14 años y arbitraba un encuentro de alevines. La adolescente estuvo a punto de dejar el silbato. Como ella misma explicó, “me gusta arbitrar, pero no pasarlo mal”.

Y es que parece que las apasionadas del deporte aún tienen que lidiar con cierta dosis de sufrimiento. Podemos citar a modo de ejemplo el “Ojalá volviera Franco y os devolviera a la cocina” que tuvo que aguantar la juez de línea Laura J.G.C. en un partido de Segunda División Andaluza. O el “A esa morena nos la vamos a follar” que le cantaron a la periodista deportiva Carme Barceló hace unos años. “En el campo he llegado a oír auténticas barbaridades. Lo más habitual, ‘zorra’ y ‘puta’. Y lo peor es el silencio cómplice de los directivos y del público”, dice la reportera.

Resulta extraño que en un trabajo donde manda la meritocracia (quien hace la mejor marca gana) sigan tan vivos estos estereotipos.

Etiqueta en el vestuario

Y el problema no está solo en la grada. En 2011, la Federación Internacional de Baloncesto decidió acortar y estrechar los uniformes de las chicas; en 2014, la Federación Española de Balonmano cambió la equipación de las jugadoras de balonmano playa por un bikini mínimo; y cuando la tenista Gala León fue nombrada capitana del equipo español de Copa Davis, las declaraciones de Toni Nadal, entrenador de Rafa (“te pasas mucho tiempo en el vestuario, con poca ropa, no sé… Es extraño que una mujer esté por allí dirigiendo la competición”), dieron la vuelta al mundo.

Curiosamente, las normas de etiqueta del vestuario no parecen ser un problema para todos los entrenadores –insistimos, de género masculino– que entrenan a equipos femeninos, que son, por cierto, aplastante mayoría. En el Mundial de Fútbol Femenino de Canadá de 2015, donde tanto se aplaudieron las audiencias millonarias que lograron los partidos, solo había siete entrenadoras. Las otras 17 selecciones tenían coach masculino.

 Representación

La desigualdad está en todos los niveles. De todos los federados en España, solo el 21,2% son mujeres. Ellas representan el 34% del total de deportistas de alto nivel y el 14% de entrenadores. Claro que las cosas van cambiando, un paso aquí y otro allá. Carolina Morace pasó de futbolista a entrenadora del Viterbese, en la Segunda División (masculina, eso sí) italiana, en 1999; duró dos partidos. La presión fue excesiva. La portuguesa Helena Costa fue la primera en hacerse cargo de un equipo de fútbol masculino profesional en Francia, el Clermont Foot, en 2014. Cuando lo dejó, otra mujer la sucedió: Corinne Diacre, que está a punto de lograr su ascenso a Primera División. También hay una dama en la NBA: Becky Hammon, que entrena a los San Antonio Spurs. Todas ellas son auténticas pioneras que, sí, también tienen que lidiar con los estereotipos y el doble rasero. El exjugador de baloncesto Matt Walsh declaró, ante el nombramiento de Hammon: “No escucharía una sola palabra de lo que una entrenadora me dijera”.

¿Es justo que tengan que soportar estos comentarios? Desde luego que no, responde Patricia Ramírez, psicóloga del deporte y de la salud y colaboradora de equipos de fútbol como el Mallorca, el Betis o el Zaragoza. “Pero no puedes esperar que una mujer se convierta en abanderada de una lucha, no es justo. El cambio tiene que partir de la educación que damos a los chavales”, apostilla.

¿Y en España? El fútbol, deporte rey, sigue siendo un boys club. Mila Martínez es la única mujer que entrena un equipo en Primera División (femenina, claro). Los otros 15 son hombres. En Primera División masculina no hay ni asomo de diversidad de género, al menos con la categoría de míster (¿habría que decir mistress?). También hay poca representación en puestos técnicos: Ana de la Torre es la única doctora de la Liga, en el Getafe.

Curiosamente, la cuota femenina se abre paso más fácilmente en los despachos. Ha habido cuatro presidentas en Primera División: María Teresa Rivero (Rayo Vallecano), Ana Urquijo (Athletic Club), María de la Peña Berraondo (Real Sociedad) y la recién llegada Lay Hoon Chan (Valencia). Además, Begoña Sanz es directora general adjunta del Real Madrid y Susana Monje, vicepresidenta responsable del Área Económica del FC Barcelona. Sin duda, todas ellas son importantes. “Si las mujeres están metidas en estos puestos, la sensibilidad cambia”, puntualiza Elisa Aguilar, excapitana de la Selección Femenina de Baloncesto y una de las responsables del proyecto Universo Mujer, que busca conseguir la igualdad y la inclusión en el deporte.

 

En campo contrario

Pero siguen siendo minoría y, a menudo, silenciosa. Porque, por alguna razón, se espera de ellas que soporten los comentarios sexistas con una sonrisa y un grácil movimiento de melena, mientras las juntas deportivas se saltan a la torera las cuotas femeninas (un tercio) y el protocolo de prevención contra el maltrato y el abuso sexual, por mucho que les tienten las subvenciones que conseguirían. La psicóloga Patricia Ramírez asegura que es necesario verbalizarlo, pero sin alterarse. “No hay que dejar pasar las actitudes sexistas. Hay que ponerlas sobre la mesa y denunciar si es necesario, sin perder la calma. Porque muchas veces buscan que respondamos, para luego llamarnos ‘histéricas’. Es importante que seamos modelos de conducta”. Pero es difícil mantener la calma ante ciertos agravios comparativos. “El importe de la multa es sustancialmente inferior si llaman ‘puta’ a una mujer árbitro (50 €) que si a un colegiado le llaman ‘hijo de puta’ (a partir de 1.000)”, dice Carme Barceló a modo de ejemplo. Las mujeres que han abrazado el periodismo deportivo, por cierto, también tienen que lidiar con cejas enarcadas y comentarios mordaces. Sara Carbonero fue el chivo expiatorio de la primera (y única) derrota de la Selección Española de Fútbol en el Mundial de Sudáfrica, en 2010 (las malas lenguas decían que Iker Casillas no estaba concentrado por tener allí a su novia). Hace mucho menos tiempo, en febrero, la periodista Lyndsey Hipgrave tuvo la osadía de criticar a Messi a través de su cuenta de Twitter y los comentarios que recibió iban desde “por eso no contratamos a mujeres a menos que queramos que nos la chupen o nos hagan la comida”, hasta “no nos interesa tu opinión, tienes tetas”.

Carme Barceló conoce bien ese tipo de comentarios. “En Twitter me han mandado a fregar tantas veces que tengo la casa como los chorros del oro”, asegura. “Hay que trabajar el doble para obtener la mitad de reconocimiento. Tienes que demostrar con contundencia tus capacidades porque tienes un trabajo que históricamente está en manos de los hombres. Juegas en campo contrario”, señala.

Y en el terreno de juego también hay dificultades. Según el Informe de la Dirección de Juventud y Deportes del gobierno vasco, en 2014 las noticias deportivas femeninas no llegaron al 5%. Los directores de los diarios a los que se les ha reprochado esta ausencia, dicen que, en cuanto sacan “deportes minoritarios” (entre los que está el femenino) en portada, sus ventas descienden.

“De los 15 minutos diarios que se le dan a Cristiano Ronaldo para hablarnos de su carácter o de sus emociones, 14 se podrían aprovechar para hablar de otros mil deportes, practicados por mujeres u hombres. Pero las grandes audiencias deportivas quieren saber cómo se siente Ronaldo”, dice Carlos Troncoso, director del documental Algo más que una pasión, sobre las pioneras del fútbol femenino.

Pero sin visibilidad no hay patrocinios, sin estos no hay dinero y sin recursos económicos no hay equipo técnico, formación ni profesionalización posible, así que los resultados no son buenos y el deporte femenino no sale de su agujero.

Agravios comparativos

“Es la pescadilla que se muerde la cola”, reconoce Elisa Aguilar. “El deporte femenino necesita más atención de los medios, pero no podemos tenerla solo cuando ganamos una medalla o una vez cada cuatro años”. Aguilar reconoce que la Selección Femenina de Balonceste se benefició del boom masculino hace unos años. “La federación tuvo la oportunidad de captar muchos patrocinios, y una parte fue al baloncesto femenino. Y ahí dimos ese salto de calidad, gracias a esa inyección económica, que significó más equipo técnico, más jugadoras profesionales...”. Los resultados están a la vista, pero aún queda mucho por hacer. La futbolista mejor pagada del mundo, la estadounidense Alex Morgan, gana 2,7 millones de euros al año. Cristiano Ronaldo, 72. El abismo entre ambas cifras es inabarcable. Y reducirlo resulta complicado, porque los deportes masculinos tienen más demanda, lo que atrae inversión publicitaria. Es un problema histórico, como dice Troncoso. “Las mujeres que formaron la primera selección femenina de fútbol, en 1971, querían ser profesionales, pero la mayoría tuvo que dedicarse a trabajar para llevar dinero a sus casas. Si el fútbol les hubiera proporcionado ingresos, aunque fuera para subsistir, se habrían dedicado de lleno a ello”.

 Por suerte, hay avances, y muchas deportistas empiezan a brillar con luz propia. Ruth Beitia, en salto de altura; Garbiñe Muguruza, en tenis; Ona Carbonell, en natación sincronizada; o Carolina Marín, en bádminton, son reconocidas y los patrocinadores empiezan a ver su potencial. La capitana de la Selección de Fútbol, Verónica Boquete, se ha convertido en la primera futbolista con patrocinio de Adidas. La nadadora Mireia Belmonte es la única mujer en el top ten de deportistas con más potencial de patrocinio. Y eso les ayudará a convertirse en heroínas de una nueva generación que, esperemos, lo tenga más fácil para conseguir sus sueños. Como dice Elisa Aguilar: “El deporte es una herramienta muy potente y puede enseñar a los jóvenes y a los no tan jóvenes que la mujer está en una dimensión mucho más alta”.

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