10 etapas emocionales que provocan las quemaduras solares

Cuando estás más tostada que un trozo de beicon, la vida puede ser muy dura
Women's Health -
10 etapas emocionales que provocan las quemaduras solares
10 etapas emocionales que provocan las quemaduras solares

Por más que tratas de evitarlo, hay veces en las que te quemas bajo el sol. Seguramente, cuando has notado que de que te estabas friendo en la playa te has aplicado como loca más protector solar, pero después habrás comprobado que no había ninguna salida y que los intensos rayos UV ya habían hecho de las suyas. O tal vez, en uno de esos días nublados has bajado a la playa sin aplicarte la crema solar aun sabiendo que el sol ataca como siempre. Pero en cualquier caso, sabemos que te habrás tostado al sol en más de una ocasión, ¿verdad? Y hay veces que esas quemaduras de sol pueden ser tan dolorosas que afecta, incluso, a tu estado de ánimo. ¿Que no? Pues a ver si identificas todas estas emociones por las que solemos pasar antes y después de quemarnos bajo el sol:

1. Felicidad. Ahí estás tú, tumbada sobre el césped o en la arena de la playa, al lado de la piscina o el mar, tomando el sol. Y todo es perfecto: sientes la brisa del mar y notas como el sol recorre tu cuerpo. Es más, hasta te preguntas si estás tomando suficiente sol. O quizás te quedas dormida. Pura felicidad.

 

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2. Empiezas a dudar. Ya son casi las cuatro de la tarde y empiezas a preguntarte por qué arde la piel. “¿Quizás me he quemado?”, te dices a ti misma. Pero nada, ahí sigues. Tumbada hasta que el sol empieza a desaparecer.

3. Dolor. Ha llegado el momento de la ducha, pero antes de entrar te observas en el espejo y te dices a ti misma que tampoco has cogido mucho color. Y cuando llega el momento de la ducha …¡auuu! ¿Por qué sientes como si te estuviera picado una colmena de abejas?  Y rápidamente cambias la temperatura del agua y lo pones al nivel de: hielo extremo.

4. En shock. Te miras de nuevo en el espejo, pero esta vez resoplando. ¿Cómo puede ser? Estás más roja  que un tomate (que dirían nuestras abuelas). Y lo peor de todo: solo por un lado del cuerpo porque claro, qué bien se estaba boca abajo durmiendo bajo el sol, ¿eh?

5.  Modo supervivencia. El siguiente paso es ir corriendo a un supermercado o una parafarmacia y comprar el bote más gran de aftersun o gel de aloe vera. Vuelves a casa y te untas en crema, literalmente, y esperas que se seque. O empiezas a rezar.

6. Haces malabares. De repente, te das cuenta de que nada ni nadie puede tocar esa parte de tu cuerpo. Te colocas todas las prendas como la máxima delicadeza, como si no pudieran rozar la piel. Y por supuesto, buscas las más transpirables. Lo que sea para que una vez puestas, no te den ganas de llorar.

Y empiezas a temer el momento de irte a la cama porque cada vez que te des la vuelta, sentirás un dolor digno de película de terror. Y si a ello le sumas que las quemaduras de sol provocan un aumento de la temperatura interna del cuerpo, ya sabes que ni siquiera puedes salir a hacer ejercicio sin sentir que estás sufriendo un golpe de calor. Y en seguida empiezas a sudar. Tu piel se convierte en una burbuja, literalmente.

 

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7. Negación. Ha pasado prácticamente una semana y tu piel empieza a dorarse. Ya casi estás fuera de peligro. Y en todo ese tiempo, has tomado las precauciones necesarias con tal de evitar una descamación de la piel. Y por suerte, está dando resultado.

8. Angustia. Estabas tan cerca de la tranquilidad… Tan cerca. ¡Pero no! Has empezado a pelarte; las escamas han empezado a salir, y todo ha vuelto a la casilla de salida. Otra vez vuelves a aplicarte loción y aloe vera como una loca de la hidratación corporal. Pero todo es en vano. Demasiado tarde. Estás mutando.

 

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9. Aceptación. Finalmente dejas de preguntarte si debes aplicarte la loción de aloe vera 3 ó 4 veces al día y te das cuenta de que la solución estaba en aplicarte más protector solar.

10. Precaución. Y desde ese día no vuelves a salir de casa sin un protector solar con SPF 100, sin un sombrero y buscando siempre las zonas de sombra. Y entonces pones a Dios por testigo que nunca más volverá a suceder… hasta el verano que viene, claro.

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