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Intolerancia a la lactosa

Esto no es la leche
, 30-05-2017

Afecta a un tercio de la población

Afecta a un tercio de la población

La lactosa es un azúcar que está presente en todas las leches de los mamíferos, desde la que te dio tu madre al nacer hasta la de las cabras del Tíbet. Lo que le puede complicar la vida a los intolerantes a esta sustancia es que no solo se encuentra en la leche, sino que también se usa en muchos alimentos procesados e, incluso, en el 20% de los fármacos. Según datos de European Food Safety Authority, se sospecha que el 34% de la población española es intolerante a la lactosa, aunque no esté diagnosticada.

En 2016 las empresas encargadas de llenar nuestra despensa de bricks de leche ganaron 2.160 millones de euros, pero mientras las versiones clásicas y enriquecidas con calcio redujeron sus ventas, las sin lactosa las aumentaron un 27%. ¿Moda o necesidad? Pues una mezcla de ambas cosas. Se calcula que más de un tercio de la población sufre este trastorno provocado por una deficiencia de lactasa, la enzima producida por el intestino delgado que se encarga de la absorción de la lactosa.

Los síntomas que puede desencadenar este déficit te hacen instalarte en el cuarto de baño cada vez que tomas un vaso de leche o, si eres una gran intolerante, pruebas una porción de pizza cuatro quesos. Incluyen dolor e hinchazón abdominal, gases y otros detalles escatológicos. Pero a menudo este apocalipsis láctico también se manifiesta más allá de lo digestivo, con síntomas como abatimiento, cansancio, problemas cutáneos, falta de concentración, nerviosismo e insomnio. No es cuestión de tomárselo a broma. En casos severos o totales de intolerancia, si no se detecta de forma precoz y se diagnostica correctamente, los problemas digestivos pueden acabar dañando la mucosa y la fl ora intestinal y, a largo plazo, alterar su permeabilidad, lo que deriva en problemas de tipo inflamatorio, así como en estados carenciales de nutrientes esenciales para el organismo. (TAMBIÉN TE PUEDE INTERSAR 5 RAZONES PARA TOMAR SOJA)

Afecta a un tercio de la población

La lactosa es un azúcar que está presente en todas las leches de los mamíferos, desde la que te dio tu madre al nacer hasta la de las cabras del Tíbet. Lo que le puede complicar la vida a los intolerantes a esta sustancia es que no solo se encuentra en la leche, sino que también se usa en muchos alimentos procesados e, incluso, en el 20% de los fármacos. Según datos de European Food Safety Authority, se sospecha que el 34% de la población española es intolerante a la lactosa, aunque no esté diagnosticada.

En 2016 las empresas encargadas de llenar nuestra despensa de bricks de leche ganaron 2.160 millones de euros, pero mientras las versiones clásicas y enriquecidas con calcio redujeron sus ventas, las sin lactosa las aumentaron un 27%. ¿Moda o necesidad? Pues una mezcla de ambas cosas. Se calcula que más de un tercio de la población sufre este trastorno provocado por una deficiencia de lactasa, la enzima producida por el intestino delgado que se encarga de la absorción de la lactosa.

Los síntomas que puede desencadenar este déficit te hacen instalarte en el cuarto de baño cada vez que tomas un vaso de leche o, si eres una gran intolerante, pruebas una porción de pizza cuatro quesos. Incluyen dolor e hinchazón abdominal, gases y otros detalles escatológicos. Pero a menudo este apocalipsis láctico también se manifiesta más allá de lo digestivo, con síntomas como abatimiento, cansancio, problemas cutáneos, falta de concentración, nerviosismo e insomnio. No es cuestión de tomárselo a broma. En casos severos o totales de intolerancia, si no se detecta de forma precoz y se diagnostica correctamente, los problemas digestivos pueden acabar dañando la mucosa y la fl ora intestinal y, a largo plazo, alterar su permeabilidad, lo que deriva en problemas de tipo inflamatorio, así como en estados carenciales de nutrientes esenciales para el organismo. (TAMBIÉN TE PUEDE INTERSAR 5 RAZONES PARA TOMAR SOJA)


La enzima escurridiza

Existen tres tipos de intolerancias a la lactosa. De la primaria, que es la más frecuente, tienen la culpa los cumpleaños, porque cada vez que soplas las velas el intestino delgado pierde un poco de su capacidad de producir lactasa. La secundaria es la tormenta perfecta, ya que en ella confluyen una patología de base que daña la mucosa del intestino delgado (una gastroenteritis o la enfermedad de Crohn, por ejemplo) y, que de rebote, se carga nuestra capacidad de metabolizar la lactosa. Y la última es la congénita, que es extremadamente rara, pues supone la incapacidad completa de producir lactasa desde el mismo nacimiento.

Pero además de haber distintos tipos, también hay distintos grados (¡incluso puedes encontrar intolerantes que disfrutan de una buena tabla de quesos!). Y todo ello tiene como consecuencia que diagnosticar este trastorno no sea tarea fácil. Para lograrlo existe una batería de pruebas. “Lo normal es hacer un test de hidrógeno en el aliento, aunque también se puede usar una prueba sanguínea de sobrecarga de lactosa o un test genético”, explica Lina Robles, nutricionista del Hospital Universitario Sanitas La Zarzuela.


Omnipresente

Cuando una, por fin, camina con su diagnóstico de intolerancia a la lactosa bajo el brazo ya tiene la solución a su problema: eliminarla de su dieta. Pero es mucho más sencillo decirlo que hacerlo. Y es que este azúcar se esconde en casi cualquier producto: embutidos, cremas, salsas, conservas, pastas, arroces, postres, platos precocinados... y la lista sigue hasta llegar a los chicles, medicamentos, suplementos vitamínicos y dentífricos.

¿Y qué sucede si, por error, se consume? ¡Que no cunda el pánico! “En ese caso se toma un suplemento de lactasa para neutralizar la lactosa y evitar posibles efectos negativos”, concluye Robles.

¿Y si es solo alergia?

El ejemplo más notable de diferencia entre la alergia y la intolerancia alimentaria lo encontramos en la leche. En el caso de la intolerancia a la lactosa, la persona experimenta dolor abdominal y diarrea tras la ingesta de leche, pero en algunos casos puede admitir el yogur o el queso curado porque contienen menos lactosa. En cambio, un alérgico a la proteína de leche de vaca (APLV) no tolera ningún producto lácteo y, además, los síntomas no se limitan al aparato digestivo. Por supuesto, los preparados lácteos sin lactosa tampoco son aptos para los alérgicos a la proteína de leche de vaca, pues siguen conservando sus proteínas.

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