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¿El talento deportivo está en tu ADN?

¿Hasta qué punto el éxito deportivo depende de tener una buena genética o de entrenar adecuadamente? Los expertos nos explican si un campeón nace o se hace.
Publicado por Alicia Román
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¿El talento deportivo está en tu ADN?
¿El talento deportivo está en tu ADN?

Tu ADN es tu techo. Nunca vas a ser ni más alta, ni más rubia, ni más blanca que lo que te permita la información que está escrita en tus genes. Es cierto que puedes recurrir al dopaje casero (en este caso, un buen par de tacones, unas mechas y una base de maquillaje a lo Michael Jackson), pero cuando hablamos de las cualidades que hacen destacar a un deportista, como por ejemplo su velocidad, resistencia, capacidad de concentración... aquí no hay trucos que valgan.

¿Es su materia prima la que le da alas o su equipo de entrenadores y capacidad de sacrificio? El combate es un clásico: a un lado del ring, el talento; al otro, el esfuerzo. ¿Quién gana? La respuesta es... ¡ambos! “Si no hay una información genética adecuada, nadie podría estar en los niveles que se exigen hoy en día para el deporte de alta competición, pero por muy buena base que se tenga, si una persona no se entrena duro y con unos buenos profesionales alrededor nunca será campeona olímpica”, expone la doctora Rocío Cupeiro, experta en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte y profesora de la Universidad Politécnica de Madrid.

El quid de la cuestión es que estamos lejos de saber en qué parte de nuestro mapa genético están grabadas las instrucciones que llevan a la excelencia. “No se conocen con certeza cuántos genes participan en la capacidad atlética de una persona. Tenemos entre 20.000 y 30.000 y sabemos que hay hasta 300 que podrían influir en cómo se comporta nuestro cuerpo con el ejercicio, pero estamos hablando solo de lo que conocemos hasta la fecha. Seguro que hay muchos más”, afirma la experta.

Averiguar qué genes afectan a una característica física concreta es metodológicamente complicado. Mucho. Una de las investigaciones más repetidas a lo largo del estudio genético tiene como protagonistas a dos gemelos separados al nacer y criados, por lo tanto, en ambientes diferentes. Comparándolos se pretende deducir qué capacidades físicas se heredan y cómo son condicionadas por el entorno y los hábitos de cada cual. Pero los resultados que se pueden obtener de informes de este tipo no son tan complejos como nuestro propio organismo. ¿Un ejemplo? Hablemos del V02 o consumo de oxígeno máximo (parámetro en el que se mide la cantidad de oxígeno que puede utilizar el cuerpo al realizar el ejercicio y que cuanto mayor sea, más energía y mejor rendimiento en pruebas de resistencia habrá).

De entrada, los genes responsables de esta cifra en reposo no son los mismos que determinan la capacidad de respuesta del consumo de oxígeno máximo en un entrenamiento. Otro caso que demuestra la dificultad del tema: los maratonianos deben ser delgados y tener unas piernas ligeras; en cambio, los mejores jugadores de baloncesto han de ser altos. “Pero a través de estudios del genoma completo (GWAS) se ha comprobado que los genes que marcan la altura y el peso de un africano no tienen por qué ser los mismos que determinan el físico de un europeo”, puntualizan los doctores Helios Pareja y Alejandro Lucía, del Grupo de Investigación en Actividad Física y Salud de la Escuela de Doctorado e Investigación de la Universidad Europea de Madrid. Por lo tanto, ante este panorama cabe concluir que concretar dónde está la clave del éxito es casi imposible, tanto si tienes multitud de gemelos idénticos separados al nacer para ser analizados como si no.

La lista milagrosa

Pero aunque no están todos los que son, ya hay algunas siglas que empiezan a destacar en el listado de genes prodigiosos. Por ejemplo, el 50% de los atletas euroasiáticos y el 85% de los africanos cuentan con, al menos, una copia del alelo 577R, una variante del gen ACTN3. Puede que sea hilar muy fino, pero para los autores del estudio publicado en la revista Nature, los métodos de entrenamiento pueden hacerte mejorar. Sin embargo, como todos los deportistas utilizan los mismos (o similares), los campeones cuentan con un conjunto de variantes genéticas que muy pocos humanos presentan, y son esos pocos elegidos los que se llevan el gato al agua (vamos, la medalla a casa).

Otros investigadores no son tan radicales a la hora de señalar a la genética como la gran ventaja en la alta competición, aunque se ha comprobado que ciertos aspectos de nuestros resultados deportivos están determinados por ella. “Una característica física de origen genético que sí puede conducirnos a realizar un tipo de deporte en particular es la proporción entre fuerza y resistencia. Se sabe que ciertos individuos priorizan los genes relacionados con el aumento de masa muscular, mientras que otros prefieren los relacionados con la masa mitocondrial. A este primer tipo de personas se les recomienda entrenamientos de fuerza y, a los segundos, ejercicios de resistencia. Pero no se conoce aún la totalidad de estos genes implicados, aunque se observen sus consecuencias”, asegura el doctor Gonzalo Palacios del Grupo de Investigación ImFINE de la Universidad Politécnica de Madrid.

También se sabe que la posibilidad de que seamos rápidos está en un 70% condicionada por los genes recibidos de nuestros padres, mientras que otro rasgo muy importante para los amantes del running, como es el rendimiento en una carrera de larga duración, está mucho más influido por lo que hagamos que por lo que heredemos (un 60% frente a un 40%). El V02 tiene un porcentaje del 50%. En otras palabras: “Si queremos conseguir una cifra de 50 ml de oxígeno por kg de peso y minuto, este resultado va a depender de la información genética y de cómo se entrene y se descanse a partes iguales. Hay otras cualidades en las que la herencia influye aún menos, como en el equilibrio, por ejemplo”, expone la doctora Cupeiro. En resumen, no hay ningún valor que esté determinado al 100% por los genes o por nuestros hábitos. Sí, has leído bien, ¡buenas noticias, para aquellas que no han sido bendecidas genéticamente! 

 De abuelos a nietos

Otro punto a tener en cuenta es que el propio ejercicio y nuestros hábitos de vida influyen en los genes o, al menos, en la forma en la que trabajan. ¿Pero qué demonios son los genes? Se trata de las instrucciones que utilizan nuestras células para fabricar las proteínas, que son las encargadas de realizar las funciones del organismo. Lo que hacemos en nuestro día a día, ejercicio incluido, provoca que las células lean más o menos un determinado gen (esto es lo que los expertos llaman “expresarse”) y que debido a ello se produzca una determinada proteína u otra. Y esto puede ayudar a que el deporte sea lo más importante en nuestras vidas… ¡o a que nos cueste levantar el culo de la silla!

“El entrenamiento pone en marcha toda una serie de factores que propician que unos genes sean activados o, por el contrario, silenciados. Los de transcripción son necesarios para que se pueda iniciar el proceso por el cual se sintetizará una proteína concreta. Se ha observado que durante el ejercicio muchos de estos factores aumentan, lo que a su vez incrementa la síntesis de proteínas asociadas al rendimiento (mitocondriales, musculares, etc.). Por tanto, no es posible modificar los genes con el entrenamiento, pero lo que sí podemos hacer es mejorar todo el sistema bioquímico, que permite que aquellos a los que no podemos cambiar funcionen de forma más eficaz”, explica el doctor Palacios. 

Es un hecho, la epigenética (no te asustes, no es ningún ritual satánico, así es como se llama todo este jaleo del estudio de la relación entre los genes y el ambiente) nos da esperanza a los patos mareados del mundo (si hacemos bien los deberes, podemos ejercitarnos digan lo que digan los genes). Pero lo más curioso es que se ha comprobado que los cambios epigenéticos también se heredan: “Los hábitos de los abuelos afectan a cómo sus nietos expresan sus genes. Si tus antepasados más recientes han tenido un comportamiento activo, dispondrás de más facilidades para fabricar proteínas que tengan que ver con ser dinámica. ¡Y al contrario! Por ejemplo, si eran pésimos a la hora de comer, tanto hijos como nietos tendrán mayor resistencia a perder peso”, afirma la doctora Cupeiro.

Y si hablamos de madres e hijos, la línea es aún más directa: una progenitora deportista cuenta con muchas más posibilidades que una sedentaria de tener descendencia delgada. Recientemente se ha demostrado en estudios con roedores que aquellas crías de madres con más niveles de actividad voluntaria tienen más predisposición al ejercicio espontáneo. Sin embargo, la capacidad de respuesta a un movimiento no tiene por qué ser igual entre hermanos. “En nuestro laboratorio entrenamos ratones con distintos fines biomédicos y tenemos algunos consanguíneos; es decir, más similares que cualquier pareja de hermanos, que no responden igual a un mismo ejercicio. Es probable que ciertos factores muy sutiles, sobre todo en los primeros días de vida, modifiquen mecanismos epigenéticos con consecuencias trascendentales”, concluyen los doctores Pareja y Lucía. Moraleja: si eres de las que hace ejercicio cinco veces a la semana y lo disfrutas, bien por ti, pero ¿no se impone una llamada de agradecimiento a los yayos? ¿Cuánto hace que no le compras un detalle bonito a tu madre? 

Para qué entrenar

Ahora bien, vamos a lo que nos interesa a las amateurs. Imagínate que no tienes que agradecer nada a tu genética, que las clases de gimnasia en el colegio fueron tu calvario personal y que eres el primer integrante de tu familia que decide apuntarse a un gimnasio. ¿Merece la pena intentarlo? La respuesta es un rotundo sí, porque si en el deporte de élite las cosas pueden depender (o no) de un alelo de un gen; en el popular, definitivamente, el atleta no nace, se hace. “Si lo que buscas es completar un triatlón con una marca decente, con un entrenamiento bien planteado y unos hábitos de nutrición y descanso adecuados lo puedes conseguir (¡de sobra!). Tengas la genética que tengas. Existe una influencia en el ADN de todos nosotros, pero esta no es tan grande como para que te impida disfrutar y competir en un deporte como hobby. ¡Y entrenar y conseguir mejoras! Nadie se puede escudar en los genes para decir que no puede, que el deporte le supera”, concluye la doctora Cupeiro.

Para la próxima vez que quieras buscarte excusas y tirar la toalla, aquí va un estudio que te ayudará a decidirte. El gen más estudiado hasta el momento sobre el rendimiento deportivo es el ya mencionado ACTN3, que está relacionado con la fuerza y que puede expresarse de tres formas: dos positivas (RR y RX) y una desfavorable (XX). A través de estudio multicéntrico en el que participó el Instituto de Biomedicina de la Universidad de León se comprobó que los deportistas en los que el gen se manifiesta en la forma XX, además de presentar valores de fuerza menos claros, son más propensos a sufrir molestias musculares. Pero, incluso en este caso, podemos ir en contra de nuestra genética y superarla. “Una persona con esta mutación podría llegar a estar condicionada en deportes explosivos como el fútbol profesional. Hay muy pocos futbolistas con la variante XX (serían lentos, resistentes y poco explosivos). Sin embargo, en nuestro laboratorio hemos estudiado a deportistas
de grandes equipos o a atletas de alto nivel donde prima la potencia y la explosividad muscular y ¡sorpresa! cuyo genotipo era así. Con la visión reduccionista del genotipado selectivo no tendrían por qué haber sido grandes campeones, y lo fueron”, explican los doctores Pareja y Lucía. Resumiendo: levántate y dale duro, porque probablemente la genética tenga un papel en tus resultados, pero lo que está comprobado es que el entrenamiento y la motivación son los que crean verdaderos deportistas. 

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